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Ejercicio y cáncer: el estudio que debería cambiar cómo ves el gimnasio

Contenido del articulo

cancer y ejercicio

Si te dijera que existe algo capaz de reducir el riesgo de determinados tipos de cáncer, que puede disminuir la probabilidad de recaída después de haber tenido un tumor ya tratado y que, en un ensayo clínico fase 3 publicado en 2025, ha conseguido un efecto de una magnitud que hace unos años habría costado creer…

¿Qué pensarías?

 

 

¿Una molécula experimental?

 

¿Un nuevo fármaco?

 

¿Un tratamiento carísimo desarrollado en algún laboratorio de Silicon Valley?

 

Pues no.

 

Estoy hablando de entrenar.

 

De moverte.

 

De hacer ejercicio de forma estructurada.

 

Y ojo, porque esto va bastante más allá del típico:

 

“Haz deporte, que es bueno para la salud.”

 

Hoy vamos a dejar a un lado el mamadismo, la hipertrofia, el fallo muscular y el eterno debate sobre si el peso muerto es potencialmente lesivo o imprescindible para ponerse fuerte.

 

Porque vamos a hablar de algo bastante más importante:

 

La relación entre ejercicio físico y cáncer

 

Y después de leer lo que viene a continuación, probablemente no vuelvas a mirar un gimnasio exactamente de la misma manera.

 

Primero, pongamos el problema encima de la mesa

 

El cáncer sigue siendo una de las grandes cargas sanitarias mundiales.

 

En 2022 se estimaron casi 20 millones de nuevos casos y 9,7 millones de muertes por cáncer en todo el mundo.

 

Y las previsiones apuntan a más de 35 millones de nuevos casos anuales en 2050.

 

Una barbaridad.

 

Pero aquí aparece la primera parte interesante de esta historia: una parte importante del riesgo de cáncer está relacionada con factores modificables.

 

No significa que desarrollar un cáncer sea “culpa” de una persona.

 

Ni mucho menos.

 

Hay genética, exposiciones ambientales y multitud de factores que no podemos controlar.

 

Pero también existen otros sobre los que sí podemos actuar:

  • tabaquismo;
  • consumo de alcohol;
  • alimentación;
  • exceso de grasa corporal;
  • sedentarismo;
  • actividad física.

 

Y esto último nos interesa especialmente.

 

El World Cancer Research Fund lleva años recopilando evidencia sobre la relación entre actividad física y cáncer y encuentra evidencia sólida de un efecto protector frente a determinados tipos de cáncer.

 

Puedes consultar aquí su informe:

World Cancer Research Fund — Third Expert Report

 

Y aquí aparece algo que me parece especialmente interesante:

 

La prevención tiene un problema: nadie la ve

 

Nadie celebra el cáncer que nunca tuvo.

 

Tampoco nadie sale en televisión porque no desarrolló una enfermedad.

 

Nadie recibe una medalla por el tumor que jamás apareció.

 

Celebramos —y con razón— a quien supera un cáncer.

 

Tenemos campañas, fundaciones e historias absolutamente épicas de personas que han atravesado una enfermedad terrible.

 

Pero cuando alguien pasa décadas reduciendo determinados factores de riesgo mediante ejercicio, alimentación y unos hábitos razonablemente buenos…

 

no ocurre nada.

 

Silencio.

 

Porque nunca sabemos qué enfermedad no ocurrió.

 

Y quizá por eso resulta tan fácil infravalorar la prevención.

 

La medicina tiene que intervenir cuando aparece el incendio.

 

La prevención intenta reducir las probabilidades de que empiece.

 

Es bastante menos espectacular.

 

Y además tiene un pequeño inconveniente comercial: requiere constancia.

 

Pero el ejercicio no solo tiene interés antes del cáncer

 

Aquí es donde la cosa se pone especialmente seria.

 

En 2025 se publicó en The New England Journal of Medicine un ensayo clínico fase 3 con 889 pacientes con cáncer de colon.

 

Todos habían sido operados y habían completado quimioterapia adyuvante.

 

Los investigadores los dividieron en dos grupos.

 

Uno recibió educación sanitaria y recomendaciones sobre hábitos saludables.

 

El otro participó durante tres años en un programa estructurado de ejercicio.

 

No era:

“Intenta moverte un poquito cuando puedas.”

 

Había intervención, estructura, seguimiento y compromiso a largo plazo.

 

Puedes consultar el estudio aquí:

 

Structured Exercise after Adjuvant Chemotherapy for Colon Cancer — NEJM / PubMed

 

¿Y qué ocurrió?

 

Un 28% menos de riesgo relativo de recaída, nuevo cáncer o muerte

 

El grupo que realizó ejercicio obtuvo un hazard ratio de 0,72 para recurrencia de la enfermedad, aparición de un nuevo cáncer primario o muerte frente al grupo de educación sanitaria.

 

Traducido:

 

una reducción relativa del riesgo del 28% durante el seguimiento.

 

Pero hay otro dato que me parece todavía más útil para entender qué ocurrió.

 

A los cinco años, la supervivencia libre de enfermedad fue: 80,3% en el grupo de ejercicio.

 

Frente a: 73,9% en el grupo control.

 

La diferencia absoluta fue de 6,4 puntos porcentuales.

 

Dicho de una forma mucho más fácil de visualizar:

 

de cada 100 pacientes, aproximadamente 6 pacientes más permanecieron libres de enfermedad a cinco años en el grupo sometido al programa estructurado de ejercicio.

 

Y esto no sale de un reel.

 

Ni de un influencer vendiendo entrenamiento.

 

Sale de un ensayo clínico aleatorizado fase 3 publicado en una de las revistas médicas más importantes del mundo.

 

Y no: esto NO significa que el ejercicio sustituya a la quimioterapia

 

Conviene escribir esto GRANDE porque internet es internet.

 

Nadie está diciendo que una persona con cáncer deba sustituir su tratamiento médico por hacer sentadillas.

 

De hecho, los participantes de este ensayo ya habían sido operados y habían recibido quimioterapia adyuvante.

 

El ejercicio se estudió posteriormente como intervención adicional.

 

Por tanto, la lectura interesante no es:

 

“El gimnasio cura el cáncer.”

 

Eso sería una gilipollez.

 

La lectura interesante es otra:

 

una intervención estructurada de ejercicio produjo un efecto clínicamente relevante incluso en pacientes que ya habían recibido el tratamiento oncológico indicado.

 

Y eso cambia bastante la conversación.

 

¿Y en cáncer de mama?

 

También disponemos de investigación sobre ejercicio en mujeres tratadas por cáncer de mama.

 

Se han estudiado programas de fuerza y ejercicio aeróbico durante y después del tratamiento, analizando variables como capacidad física, fatiga, composición corporal, calidad de vida y resultados clínicos a largo plazo.

 

Te dejamos algunos de los estudios utilizados para preparar este contenido:

 

Estudio 1

 

Estudio 2

 

Estudio 3

 

No todos los resultados de todos los estudios alcanzan significación estadística y conviene no meter en el mismo saco variables y poblaciones diferentes.

 

Pero la fotografía que está construyendo la literatura es cada vez más interesante: el ejercicio tiene un papel relevante antes, durante y después del tratamiento oncológico, siempre adaptado a la situación clínica de la persona.

 

Y no estamos hablando únicamente de recurrencia o supervivencia.

 

También hablamos de capacidad física, fatiga, mantenimiento de masa muscular, salud metabólica y calidad de vida.

 

¿Cómo coño puede entrenar influir en algo tan complejo como el cáncer?

 

Evidentemente, no existe un mecanismo mágico.

 

El ejercicio provoca adaptaciones en multitud de sistemas del organismo.

 

Entre los mecanismos estudiados encontramos cambios relacionados con:

 

Inflamación sistémica. El ejercicio regular puede modificar el entorno inflamatorio crónico del organismo.

 

Metabolismo de la glucosa e insulina. Mejora la sensibilidad a la insulina y modifica determinadas señales metabólicas relacionadas con el crecimiento celular.

 

Composición corporal. Ayuda a reducir grasa visceral y preservar o aumentar tejido muscular.

 

Sistema inmunitario. La actividad física produce modificaciones en diferentes componentes de la respuesta inmunitaria y la vigilancia celular.

 

Entorno hormonal y metabólico. El ejercicio altera numerosas señales endocrinas y metabólicas que pueden ser relevantes en determinados tumores.

 

Tolerancia al tratamiento. Mantener capacidad física y masa muscular puede resultar especialmente importante durante procesos terapéuticos agresivos.

 

Por eso quizá sea más útil dejar de imaginar el ejercicio como una especie de “fármaco natural que mata células cancerosas”.

 

No funciona así.

 

La idea es mucho más compleja: el ejercicio modifica el terreno biológico en el que aparece, progresa y se trata la enfermedad.

 

Tenemos un problema entre medicina y entrenamiento

 

Y aquí aparece una reflexión bastante incómoda.

 

Durante décadas hemos reducido muchas veces el gimnasio a:

 

“ponerse fuerte”,

 

“perder barriga”,

 

“marcar abdominales”,

 

o hacerse una foto con una luz lateral de cojones.

 

Pero el entrenamiento es bastante más que eso.

 

Puede formar parte de estrategias de prevención.

 

Puede contribuir a mantener la capacidad funcional durante una enfermedad.

 

Puede tener efectos metabólicos relevantes.

 

Y, como acabamos de ver, ya existen ensayos clínicos que están estudiando incluso su impacto sobre resultados oncológicos importantes.

 

Sin embargo, seguimos teniendo una separación enorme entre medicina y entrenamiento.

 

Y existe además el problema contrario: un paciente oncológico no es simplemente otro cliente al que poner una rutina estándar.

 

Su entrenamiento puede requerir adaptación, coordinación con profesionales sanitarios y comprensión de su situación clínica y del tratamiento recibido.

 

Por eso un entrenador no debería jugar a ser oncólogo.

 

Pero tampoco deberíamos reducir al entrenador a alguien que cuenta repeticiones mientras entretiene al cliente.

 

Un entrenador personal no debería ser un “entretenedor personal”

 

Si el ejercicio tiene capacidad para influir en variables de salud tan importantes, ser entrenador implica bastante más responsabilidad de la que a veces parece.

 

Un buen profesional necesita entender: fisiología, programación, biomecánica, carga, volumen, intensidad, recuperación, composición corporal y hábitos.

 

Y sobre todo necesita aprender a tomar decisiones.

 

Porque una tabla descargada de internet puede decirte qué ejercicios hacer.

 

Pero no puede mirar a la persona que tienes delante y preguntarse:

 

¿Por qué esto?

 

¿Por qué ahora?

 

¿Qué tengo que adaptar?

 

¿Qué respuesta estoy buscando?

 

¿Qué está ocurriendo y qué debería modificar?

 

Ahí empieza realmente el trabajo del entrenador.

 

Entrenar no te hace invencible

 

Esto también conviene dejarlo muy claro.

 

Entrenar no garantiza que nunca vayas a desarrollar cáncer.

 

No puedes elegir tu genética.

 

No puedes controlar todas las exposiciones ambientales.

 

Y hacer press banca tres veces por semana no crea un campo de fuerza alrededor de tus células.

 

Lo que podemos modificar son probabilidades.

 

Y cuando hablamos de millones de personas, cambiar probabilidades tiene unas implicaciones enormes.

 

Por eso quizá deberíamos empezar a mirar el gimnasio de otra manera.

 

No solamente como el lugar donde construyes músculo.

 

También como un lugar donde construyes capacidad física, salud metabólica, reserva funcional y, potencialmente, mejores probabilidades de futuro.

 

Quizá después de leer esto el gimnasio ya no signifique exactamente lo mismo

 

A nosotros nos encanta el culturismo.

 

Nos encanta hablar de hipertrofia.

 

De programación.

 

De biomecánica.

 

De rendimiento.

 

Y sí, también de mamadismo.

 

Pero reducir el entrenamiento a estética sería quedarse únicamente con una pequeña parte de lo que puede hacer.

 

El cuerpo humano necesita movimiento.

 

Fuerza.

 

Trabajo cardiovascular.

 

Progresión.

 

Y constancia.

 

No necesitas competir.

 

No necesitas convertirte en culturista.

 

Ni siquiera necesitas que te guste especialmente entrenar.

 

Pero comprender lo que el ejercicio puede hacer a nivel biológico cambia por completo la manera de verlo.

 

Y también cambia la responsabilidad de quien decide dedicarse profesionalmente a entrenar a otras personas

.

Si quieres dejar de contar repeticiones y empezar a entender lo que haces

 

En Escuela Culturismo Natural no enseñamos únicamente a programar para hipertrofia.

 

Enseñamos a entender el entrenamiento desde la fisiología, la anatomía, la biomecánica, la programación y la nutrición aplicada al rendimiento y la composición corporal.

 

Pero sobre todo buscamos algo que para nosotros está por encima de memorizar información: tener criterio.

 

Saber observar.

 

Saber decidir.

 

Saber adaptar.

 

Y saber por qué estás haciendo lo que haces.

 

Porque cuando comprendes hasta dónde puede llegar el impacto del ejercicio, dejas de ver al entrenador como alguien que pone rutinas y cuenta repeticiones.

 

La profesión empieza a significar otra cosa.

 

Y no, no voy a decirte ahora que después de leer un artículo tengas que comprar una formación de más de mil euros.

 

Sería bastante absurdo.

 

Haz algo mucho más sencillo.

 

Fórmate gratis con nosotros primero.

 

Hemos preparado un curso gratuito para enseñarte cómo entendemos el entrenamiento y, sobre todo, para que puedas comprobar una cosa por ti mismo:

 

si quieres seguir siendo alguien que recibe rutinas y decisiones de otros o quieres empezar a entender cómo se toman esas decisiones.

 

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Y luego nos cuentas.

 

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