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Fauna de Gimnasio. La Sra. María III. María la del bombo.

«María la del bombo».

Autores:

Marta Audi.  @campanilla_fitness
Josean Sancho. Entrenador ECN . @joseansancho

Si algo tiene un embarazo es que, sí que es personalizado. Cada bombo es un mundo, y mientras algunas mujeres no sienten apenas molestias, otras, como yo, pudimos testar lo que algunas mujeres describen “como el momento más feliz de mi vida”.

El momento más feliz de mi vida empezó con unas semanas de tregua y alegría seguidas de vómitos y mareos matutinos constantes hasta bien llegados los cuatro meses. A esos vómitos se les sumaba cierta prisa para llegar al trabajo, donde recuerdo perfectamente que a las nueve en punto teníamos taller de sardanas (baile típico catalán). Con el estómago vacío, y la ayuda de un voluntario de avanzada edad que venía en representación de la asociación de sardanas del barrio, conseguíamos hacer un círculo y empezar a marcar los pasos. Digamos que las sardanas, no son ni mucho menos una clase de aeróbic, pero me las veía y deseaba para seguir al abuelo que con tanta energía llegaba de buena mañana.

Dos horas seguidas, con cambio de grupo a los sesenta minutos, sube dos pisos a dejar los que han acabado, baja y ordena otra vez a los que empiezan de nuevo, eran parte de la rutina. Subir esos pisos me parecía agónico, y llegó cierto momento, que, a pesar de las indicaciones de mi superiora insistiendo en que debía bailar, me fue prácticamente imposible. Que levante la mano aquella que también ha podido gozar de comentarios consoladores como “no entiendo que te pasa, yo trabajé hasta el último día y como si nada”, claro, soy una floja.

Dentro de la escuela, a jornada completa, con el estómago vacío desde primera hora, llegaba el descanso y deseaba comer. Ahí Marta ya jugaba sus primeras cartas, llevando su bocadillo cargado de proteína, obedeciendo a la dietista. Eso no se tragaba ni con Coca Cola. Media hora de vigilancia en un patio para zamparse, entre conflictos, mocos, y disputas por la pista de fútbol, ese bocadillo de cerraduras. Sigamos con las clases, que aquí la noria no para. Cambia de grupo, otra vez, así es la vida del especialista. El corre turnos que cambia de grupo cada hora y tiene que dar clase a todo el colegio cada semana. Solo deseo salirme a comer al Gallego, no sé ya si para comer, o simplemente para poder sentarme.

Qué gran consuelo sentarse a comer, aunque la elección del plato correcto, bajo la nube de estrés de la mañana, era una lucha constante entre nosotras dos, Marta y María. La primera tenía claro que la lubina a la plancha era la mejor opción, pero si Marta ganaba con la lubina, María se la metía doblada con el postre: “Me tomaré una crema catalana o el flan casero, que llevan huevo…comamos en una hora y volvamos a clase”. Esto aún no se ha terminado. María sufre, Marta empuja. María se las apaña para conseguir la llave del ascensor. Dos pisos son los que separan la planta baja de su clase, pero eran eternos. La necesidad agudiza el ingenio, dicen, y el mío se afiló; conseguí hacerme con una copia.  Marta no está orgullosa de ello, y procura “compensar”, siempre que puede, con los menús a raja tabla que dijo la dietista. María agacha el morro, pero siempre que puede, se la mete con un extra.

¿Gimnasio?: “! estamos muy cansadas!”.” ¡En serio!, ¿piscina?”. “El agua está muy fría…”.  “Vamos María, prepara la bolsa”-ordena y manda Marta. Yo preparo la bolsa, pero primero, un poco de azúcar, con unas galletitas de merienda, sacamos ganas para llegar al gimnasio.

Enfajadas en el bañador de premamá, Marta tiene claro que hay que hacer unos buenos largos, como en nuestros tiempos de soltería, que incluso nadábamos a mar abierto.

Galletas arriba, galletas abajo, algo de mareo por la indigestión. ¡Qué lejos estábamos de saber lo que era una comida pre entreno…!

La realidad me vuelve a poner los pies en el suelo. Un desastre. Vamos a situarnos y dejémonos de hacernos las fortachonas. Seamos valientes y adentrémonos en el terreno pre mamá. Nos vamos a ir a una piscina para embarazadas, y así no habrá tanta queja.

María alucina porque Marta la lleva por la puerta grande a una piscina donde se toca pie, se puede andar, y el agua está a 36 grados. El mundo del churro en la cervical a María le parece apasionante, y a Marta, le tiran más clases de suelo en los que junto con otras embarazadas se hacen ejercicios aeróbicos de baja intensidad. Calentamiento suave, música suave, movimientos de pelvis, paseítos por la sala evitando el impacto, pelotas hinchables, pelotas de masaje, suelo pélvico, relajación final…eso sí, Marta lo tiene claro: ¡si salimos bien volveremos a casa andando!, pero María, a la que puede, llama a papi y así viene a recogernos, Marta 0 – María 1.

Pasaron los meses y me dieron la baja médica. Pero, disciplinada como pocas, aumenté mi frecuencia de chapoteo y paseo por dentro del agua a 5 días a la semana, eso sí, con gorro de lates hasta las orejas, cual casco de Calimero y cara de esprínter motivada.

Marcel, mi terremoto, nació prematuro. Las contracciones iniciales me hicieron sentir una fuerza totalmente desconocida para mí.  No podía esconderme en la parte de atrás del paritorio, o fingir que aprieto el ceño como si cansase y doliera como había hecho en el gimnasio. No, la naturaleza manda, y ésta hizo despertar en mí a mi auténtica yo, aunque Marta, iba a tardar en ocupar el trono un poco más de tiempo. Marcel, estaba atravesado y no quedó más remedio que hacerme una cesárea, cicatriz de guerra.

Tras dar a luz, con 72 kilos, y un 40 % de grasa, tenía por delante todo un reto de reconstrucción física y mental toda vez que me enfrentaba a uno de los mayores retos de mi vida, un pequeñajo, exigente y peleón.

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