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Fauna de Gimnasio. La Sra. María II. Gim-farma.

”Gim-Farma”

Autores:

Marta Audi.  @campanilla_fitness
Josean Sancho. Entrenador ECN . @joseansancho

Con casi 70 kilos, y en un acto de valentía o inconsciencia, no lo tengo claro, me apunté a un gimnasio. Pero un gimnasio de los de verdad, de los que tienen tantas actividades como platos en un restaurante de carretera. Menudo lío mental. Yo quiero culo, perder las lorzas de la barriga, las cartucheras y la papada del brazo.

Sé que estaba siendo arrastrada por Marta. Marta es una motivada de la vida, y cuando se pone, SE PONE. Esta dualidad mía me mata.

Así que, iba a probar un poco de todo, con cuidado, como buena María que soy. ¡Pero, y un huevo! Lo de Marta es ir a full, así que spinning por la puerta grande, claro que con la camiseta bien larga tapándome el culo. El resultado fue el mismo que el de la gaseosa: que se le va el fuelle a los 10 minutos, teniendo que salir a media clase con una contractura cervical por novata motivada. Realmente, esto me pasa por floja, y a Marta la voy a tener que encerrar porque va a acabar conmigo. 

El siguiente asalto fue a la maravillosa elíptica y la música de subidón en el teléfono, o la televisión para distraerse mejor. ¡Así, sí, joder, esto ya es otra cosa!

Como el gimnasio tenía piscina, y a pesar de cargar una buena dosis de vergüenza, nadar iba a ser otro gran ejercicio, al menos es más suave y no nos lleva directas a la pastilla relajante muscular. Creo.

Así fui pasando durante casi un año, esquivando siempre la zona de los hierros, por pilates, GAP que es el acrónimo de Glúteos-Abdomen-Piernas (sí, ya sé, las mujeres no tenemos tren superior), yoga, zumba, todo como si fuera un menú degustación del “corpore sano”.

Si en algo me volví experta fue en el escaqueo a la menor de cambio, y en desarrollar grandes habilidades para imitar a la monitora desde el final de la sala, con el cuello medio torcido, intentando focalizar la mirada entre mucho pandero haciendo el gato.

Mientras María cazaba moscas, Marta, la cerebrito motivada, decidió que el pilates era lo mejor, pues si no somos capaces ni de levantar el peso de nuestra cabeza y ya nos hablan del core…¡qué cojones esperamos!

Ahí descubrí el anillo del poder, el que todo lo puede, como el de “El Señor de los Anillos”, no de oro, sino de plástico de poco más de medio metro de diámetro, que con dos apoyos en los extremos servía para trabajar los abductores, los brazos y el pecho. Recuerdo a la monitora tan linda…” imagina que es un billete de 500”,disfrútalo” – decía. Yo solo disfrutaba cuando decía “recupera”, lo que es lo mismo que:  despatárrate toda antes que vuelva a contar.

Hubo un momento en el que tanto María como Marta, estuvimos de acuerdo. Algo había que hacer con la comida para que complementase el esfuerzo del gimnasio, algo temible, horrible: la dieta.

Yo comía de maravilla, o al menos eso me decía Loli, la cocinera del restaurante El Gallego, que es a donde acudía muerta de hambre a comer en la escasa hora que tenía entre la jornada de mañana y la de tarde, entre pupitres, pataletas, y cánticos infantiles. ¡Ay Marta¡, ¡pero qué gusto da verte comer! – decía. Yo respondía entre carrillos “es que está todo tan bueno”. Canelones de muerte, ensaladilla rusa, el pan con tomata regado de aceite al fallo y esos postres…ahhhh qué bueno, hasta podía repetir y con ello no solo saciar el hambre, sino también mi ansiedad. También había ensalada y caldo para elegir, pero lo primero para las vacas y lo segundo para los peces.

Solo hay que desear algo para que aparezca la oportunidad, o al menos eso dicen, yo creo que es cierto. Un día vi el mensaje divino en forma de rótulo en el escaparate de una farmacia: Dieta a 10 euros. ¡Si es de farmacia tiene que ser bueno!

Entré. Me gustan las farmacias. Qué bonitas, blancas e impolutas, con sus estanterías ordenadas y todos sus productos mágicos. Son como las notas de las partituras con las que trabajo, pero en vez de corcheas: bebibles de alcachofa, batidos sustitutivos, barritas “diet”, pastillas quema grasas, bloqueadores de carbohidratos, batidos que sustituyen comidas, cremas reductoras, anticelulíticas, packs adelgazamiento total. No os mentiré si os confieso que acabé probándolo todo.

Por 10 euritos la visita, tenía una lista de comidas y alimentos, entre los que se prohibía el pan a la noche, y se recomendaban barritas sustitutivas de comida. El negocio, es el negocio. La de latas de espárragos blancos que comí, y la de barritas que sustituyeron la comida en “El Gallego”, cuando veía que no me iba a dar tiempo ni de ir a comer. Tenía que bajar peso, matar esas lorzas con comida sana de “barrita” a 3 euros cada una.  En mi mapa mental no sabía ni lo que era un “táper” con comida casera.

En mi mente mariana, mi problema se reducía a un tema puramente estético con causas y efectos claros. La lorza en la panza era de flacidez, las pistoleras en los laterales de las piernas retención de líquidos y la celulitis algo que llega con la edad, que ya tengo 31 años… Así pues, empecé por tomar potajes para drenar líquidos y me di cremas donde más odiaba tocarme, frotándome como si en vez de una panza fuera el fondo de una cazuela con esa grasa incrustada que solo sale cuando la raspas con el culo de una cuchara.  Resultado: tirar el dinero a la basura y hambre, hambre y más hambre.

El truco de la dieta a 10 euros era el control semanal, con la consiguiente compra de productos en la farmacia. Al menos, cada 7 días tenía que pasar por vicaría y rendir cuentas. 

Pasaron los meses y conseguí bajar alrededor de tres kilos, pero aquello me estrangulaba. Marta, la sensata, nuevamente dio un empujón hacia la cordura: Acudir a una nutricionista.

Me impresionó. Lo primero fue recibir un correo con más preguntas que la declaración de hacienda, y eso para un catalán es mucho decir. Tenía que añadir lo que comía con un diario durante dos semanas y a su vez reseñar los alimentos favoritos. Para qué será tanta pregunta, si esto va de comer poco y soso- pensé. Por si acaso añadí… queso del Penedés, fuet, canelones, el pan tomata, y añadí…odio los espárragos.

En la intimidad de la consulta, y en ropa interior, por primera vez me subí a una balanza que tenía unos cuernos raros para agarrarse. Al cabo de unos segundos los números de la pantalla se estabilizaron y en forma de números y gráficos cual la bolsa de Nueva York, aparecieron en el ordenador de la doctora. María no entiende nada, Marta se flipa con la movida. Porcentajes de grasa, agua retenida, kilos de masa muscular, ¡grasa visceral!, ¿y eso que coño es? un festival de información para Marta que por primera vez tiene un asomo de entender que lo que hay en su cuerpo es más de lo que pesa una pechuga de pollo.

Al final de la hoja ponía: “dieta de 1650 calorías”. Anda, resulta que si sumas todo lo que comes te da un total calculable. Por no hablar que no todo lo que como es lo mismo, resulta que una cosa es la proteína, otra la grasa y ¡otra los carbohidratos! Ay María, cuánta etiqueta te vas a tener que leer. Pasé de la farmacia a largos ratos en los pasillos del supermercado, no solo descifrando etiquetas, sino también descartando muchas compras habituales. ¿Y ahora qué compro?, pero si lo más claro y saludable ni tan siquiera viene envuelto o en dosis. Huevos, atún, verduras, frutas …

Recuerdo cuando vi aquello de “una lata de atún”. ¿Mande? Que yo a mi gata le doy comida de gatos, no atún. Ahhhhh que es para mí. Vamos a ver, que yo no me he comido en la vida una lata de atún. El único atún que he comido ha sido el que mi madre me mezclaba con mahonesa dentro de un huevo cocido.

Y así fue. Empecé a aprender algo tan básico como leer las etiquetas, a elegir la mejor opción, como por ejemplo el yogurt con menos azúcar, que hay tres macronutrientes, que un gramo de grasa son 9 calorías, que los hidratos y la proteína son 4 y que puedes comer jugando a ajustarlos según lo necesites.

En lo físico había pasado casi un año tras aquel ataque al Turmalet con la bicicleta de spinning y  el “anillo del poder”. En cuanto a la nutrición, quedaron atrás los potingues de farmacia y fueron sustituidos por comida real que pesaba debidamente para cuadrar las indicaciones de la dietista.

Con todo ello, solo bajé cuatro kilos, mi cuerpo seguía amorfo, sin formas, sin culo y cartucheras para guardar los revólveres de Billy el Niño cuando… me quedé embrazada.

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…Ir a capítulo siguiente (En breve).

2 Comments
  • Franchute
    22 marzo, 2019 at 1:39

    Muy buenas anécdotas. Espero las que siguen para mostrárselas a mi mujer!
    Un abrazo grande!

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