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Fauna de gimnasio. La Sra. María VI. Con la muerte en los talones.

«Con la muerte en los talones.»

Autores:

Marta Audi.  @campanilla_fitness
Josean Sancho. Entrenador ECN . @joseansancho

De clases de Pilates, suaves y quizás, demasiado tranquilas, más unas dosis de cardio dominguero en la elíptica, nos pasamos a sesiones de “no pain no gain”, lema del que todo el mundo hablaba. “Sin sufrimiento no hay ganancia”, ¿verdad?

Decidí tirarme a lo fácil, ir a spinning. Con ello no había que arriesgar con las coreografías ni con las siluetas esbeltas de movimiento sexy…Pedalear, parecía que no tenía mucho más secreto. Pero no fue tan bonito. Lo que quise evitar esquivando las coreografías, lo tuvimos que pasar para aprender a subir y bajar el sillín de la bicicleta estática de diseño olímpico. Y es que no solo se tenía que encontrar la alzada justa del sillín, sino también la del manillar y para colmo encajar la suela del zapato en el anclaje del pedal. Del dolor en la rabadilla del culo de las primeras semanas, mejor no hablar.

Ruedecitas y palancas, dar con el tope justo en cada una de las alturas. Evidentemente fue imposible disimular el primer día que me era imposible ajustarlo, pues mis manos de pianista, no de fontanero, eran incapaces de desenroscar las ruedas de ajuste. Menos mal a la benevolencia de los machunos, los fuertes, siempre estaban dispuestos a ayudar.

María, sumergida en la timidez y la prudencia que a Marta siempre le ha hecho tanta falta, de repente se siente aterrada.  La entrada del monitor vestido como Indurain la pone en pánico escénico: “Ya me ha liado la motivada, con lo bien que nos lo habríamos pasado en la última fila de zumba dando pasitos pequeños y medias vueltas falsas…”

Venga, que empiece la fiesta, la música reventando los oídos. El monitor hiper motivado, “¡este es peor que Marta!”-piensa María, micrófono en boca, marca porcentajes y niveles de dureza, datos, indicaciones que ni por asomo tenía ni idea de a qué se refería. Con una sonrisa y mirando al frente en el más puro intento de ser como los demás, había dos claras opciones: o aprieto la rueda y me voy en nada, o hago como que aprieto y termino la clase con cara de dolida, aunque sea toda una farsa. La segunda opción ganó por goleada, y aún sin apretar, salimos destrozadas.

A pesar de todo fuimos cogiendo el gusto a la bicicleta, la dosis de cardio estaba resuelta; pero contrariamente a todo lo previsto, las lorzas seguían ahí, algún tipo de magia inversa hacía que el peso bajara en la báscula, pero la grasa siguiera bien pegada en las zonas más conflictivas.

Usemos el comodín de google para ver qué pasa.

Don Google descubrió la existencia de Sascha Fitness, una influencer que, bajo la mirada de Marta, parece que sabe de qué habla, y bajo la de María, le agrada su insistencia en que hay comer, algo que nunca debe quedar descartado: los placeres del paladar. La agradable venezolana además hablaba del entrenamiento de fuerza.

– Fuerza, “¿Y eso que es…? ¿Coger pesas…? ¿En serio…? ¿Ganar masa muscular…?”  ¡Pensemos Marta pensemos! – decía María a la listilla, ¡busca una puñetera solución!, ¡me llevas al gimnasio y encima no nos sirve de nada!  ¡Marta, desecha esa insensatez!

Marta sabía muy bien navegar por las redes, es muy lista, así dio con lo que María y ella soñaban, recogiendo información aquí y allí, centrándose en lo que su subconsciente quería, dieron con un centro de entrenamiento personalizado en el que el gancho continuo eran el culo de sus clientas y sus transformaciones, descartando, evidentemente lo que ocurría con el resto del cuerpo…”cuerpos a demanda de las clientas”.

Así que ambas, la listilla y la de las excusas, fueron a conocer el centro y al personal. Si hay una palabra que defina a María en aquel momento es que se “acojonó”, bastó ver una sola clase de circuitos con el entrenador  personal, pegado a la clienta dándole caña en circuitos de sentadillas libres, sentadillas en bosu, saltos sobre cajones, zancadas, burpees etc, etc, para entender que aquello estaba muy por encima de su nivel y que además no iba a poderse esconder en la fila de atrás, ni fingir que no podía, pues además, cada clase costaba una buena pasta. Así que, nuevamente ambas estuvimos de acuerdo en algo… ponernos un poco más en forma para, dentro de unos meses, apuntarnos a ese centro con el anhelo oculto de ser algún día una de las flacas protagonistas que enseñan el culo en la cuenta de Instagram del entrenador cirujano.

¡Iremos a Body Pump! Lo vamos a petar María, semana completa: dos días de spinning y dos días de body pump, no faltará nada, combo perfecto.

Combo perfecto sin tener en cuenta el contexto de lo que había fuera del gimnasio, no pain no gain. Ahora, años más tarde, no llego a entender cómo era capaz de apenas dormir, vivir entre el corre-corre de llevar al pequeño a la guardería, sus vómitos, sus rabietas, pero en cambio ir a “full” con todo, a pesar de vivir en una sensación de cansancio continuo. Vivía con mucho más estrés, más esfuerzo, más volumen de trabajo y menos conciencia de cómo mi energía vital se estaba consumiendo caminito del colapso.

La iniciación al body pump fue en compañía de muchas más Marías que Marianos.  En este caso los trajes esponsorizados de ciclista y las mallas con culot fueron sustituidas por pantalones, tops sin camiseta y guantes de protección. Las machacas de body pump, para mí lo tenían todo: estaban flacas y eran fuertes, al menos en apariencia. Ahora que caigo, ¿para qué eran los guantes?, ah, sí, para que a las chicas no nos salgan callos con las mancuernas de un kilo ni con las barras que ya de por sí están recubiertas de goma. O es que somos muy flojas, o la industria del fintess nos la está jugando una vez más.

Gracias a Don Google y a Sascha Fitnes, seguí aprendiendo sobre alimentación, si bien, más que aprender a manejar toda la ingente información que aportaban, empecé a manejar conceptos, como quien sabe de lo que habla, pero sin ser capaz de aplicarlos con eficacia, desconociendo incluso que muchos de los alimentos que comía tenían grasa.  María, a la que podía se pedía unas cervezas. “Marta en esta vida también hay que disfrutar…”– le decía a la empollona. Si salía a tomar algo pedía más de dos cañas y unos cacahuetes para ir pasando el ansia. En los días capricho tiraba por la borda muchos de los esfuerzos del gimnasio y saldaba con creces parte del hambre acumulada.  Poca proteína, hidratos justos, que engordan, y la grasa «solo» estaba en el aguacate, así que no había mucho de lo que preocuparse. Entre semana a full y con cierta hambruna, hasta que estallara la bomba en cualquier situación inesperada.  ¿Habéis probado a darle fuego a un grano de cacahuete y ver el tiempo que dura encendido?, con un trozo de manzana no ocurre, es puro combustible, grasa.

Ni ser madre primeriza, ni mi lucha interior, importaban a mi hijo de dos años más bien nada. Toda rabieta suya era inesperada. Los nervios y la tensión constante ante un pequeño revoltoso, tozudo y de los que no quiere dormir, me tenía en un estado de alerta y ansiedad casi continuo, tan pronto me cerraba la boca del estómago ante sus lloros, como se me abría el estómago con ganas de comerme, de una tacada, un yogurt griego de a kilo. Esa ansiedad solo conseguía descargarla entrenando, por lo que, sin saberlo, iba cogiendo ese sutil camino que te hace llegar al infierno y del que solo te das cuentas cuando ardes en las llamas.

Atrás quedaron las coreografías de circo de youtube que llevaba practicando por mi cuenta, al ser sustituidas por el “alto nivel” del body pump: sentadillas, flexiones, bíceps, tríceps, hombros, press de pecho…contar y contar, pues tanto se sumaban las repeticiones completas, como tras ellas, rebotes eternos del mismo ejercicio. Llevó muchas clases poder asumir todos los movimientos y sus variantes, pero sorprendentemente, me hice más hábil en las dos disciplinas: La una, cargando barras huecas y mancuernas rosas en altas repeticiones bajo quemazón asegurado, con sus respectivas trampas y trucos para no morir en el intento; y la otra pedaleando con la rueda más enroscada.

Por primera vez ambas, Marta y María, íbamos a una, deseosas de mejorar y centradas en un mismo objetivo: si hace falta, acabar muriendo en el intento. No pain no gain.

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